domingo, 6 de mayo de 2007

Arrebato

Un autor célebre, tras calcular los bienes y los males de la vida humana y comparar las dos sumas, ha hallado que la última sobrepasaba en mucho a la otra y que, todo considerado, la vida era para el hombre un regalo bastante malo. No estoy sorprendido por su conclusión; ha deducido todos sus razonamientos de la constitución del hombre civil: si se hubiera remontado hasta el hombre natural, puede creerse que habría hallado resultados muy diferentes, que se habría percatado de que el hombre no tiene otros males que aquellos que él mismo se ha dado, y que la naturaleza habría quedado justificada. No sin esfuerzo hemos conseguido volvernos tan desgraciados. Cuando por un lado se consideran los inmensos trabajos de los hombres, tantas ciencias profundizadas, tantas artes inventadas, tantas fuerzas empleadas, abismos colmados, montañas allanadas, rocas rotas, ríos hechos navegables, tierras roturadas, lagos excavados, marismas desecadas, edificios enormes levantados sobre la tierra, la mar cubierta de bajeles y de marineros, y por otro lado se investigan con cierta reflexión las verdaderas ventajas que han resultado de todo esto para la felicidad de la especie humana, no puede uno sino quedar afectado por la sorprendente desproporción que reina entre estas cosas, y deplorar la ceguera del hombre que, para alimentar su loco orgullo y no sé qué vana admiración por sí mismo, le hace correr ardorosamente tras todas las miserias de que es susceptible, y que la bienhechora naturaleza había tomado la precaución de apartar de él.

Jean-Jacques Rousseau. (Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres)


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Muchas veces la diferencia entre el bien y el mal nos da como resultado mas mal, y asi la vida se supone un mal regalado. Se ve al hombre que piensa... (demasiado). Y mas alla... el hombre animal, que se queda sin males, los cuales sean creacion propia o no de este...
Sumando estos dos hombres la solucion quedaria justificada...

no puede uno sino quedar afectado por la sorprendente desproporción que reina entre las cosas, y deplorar la ceguera de la razon que, para alimentar su loco orgullo y no sé qué vana admiración por su verdad, le hace correr ardorosamente tras todas las realidades de que es susceptible, y que la -bienhechora- naturaleza había tomado la precaución de apartar de él.

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